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Alejandro López, pasión por la escritura y la docencia

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Los Viernes de Letras son oportunidades, no solo para conocer la obra literaria de los autores invitados, sino también muchos detalles de su vida, su forma de asumir la vocación, sus anhelos, sus dudas, sus miedos, sus experiencias más íntimas.

En el segundo semestre de este año el ciclo de conversatorios de este programa, organizado por la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle, lo componen autores regionales.

El invitado a abrir este ciclo fue el escritor y docente Alejandro José López Cáceres, oportunidad además para presentar dos de sus libros: El arte de la novela en el post-boom latinoamericano” y “Pasión crítica”. El conversatorio fue guiado por los docentes Oscar Osorio y Hernando Urriago.

Hubo un diálogo abierto y fluido entre los escritores y docentes, quienes han compartido varias décadas de trabajo formando profesionales en literatura, al tiempo que han construido sus obras.

La apertura de la sexta versión de Viernes de Letras sirvió como homenaje al creador literario y apasionado docente nacido en Tuluá. Alejandro López repartió consejos a diestra y siniestra sobre los presupuestos técnicos y humanos necesarios para ser buen escritor. Lo hizo de forma consciente, sabiendo que entre el público hay muchos escritores en ciernes que son sus alumnos y ven en él un ejemplo a seguir, así en muchas ocasiones manifiesten su rebeldía propia de los años y de su condición de artistas.

Para López el oficio de escritor exige condiciones y pasión. Óscar Osorio, su colega y contertulio, recuerda que después de haber iniciado sus estudios en Univalle con 17 años de edad, Alejandro López ha escrito dos novelas, tres libros de ensayos, dos libros de cuentos, además de múltiples obras en coautoría, guiones para cine y televisión, a la par de desarrollar una brillante carrera docente. Hoy se desempeña como profesor titular, máximo escalafón de la carrera profesoral en Univalle.

El ambiente del conversatorio fue de camaradería y es evidente el reconocimiento entre colegas profesores y con los estudiantes. Al escuchar las intervenciones es claro que el afecto es un ingrediente que nutre las relaciones en la comunidad de la Escuela de Estudios Literarios, no se negaron los reconocimientos a estudiantes que han ganado distintos premios en concursos de literatura y por esto los profesores no dudan en recomendar a sus pupilos. A su turno, y sin zalamería, los muchachos resaltaron los talentos de sus “profes” cuando así lo consideraron.

El conversatorio fluyó en un itinerario que va de los recuerdos de familia a reflexiones sobre la labor creativa del escritor que implica grandes esfuerzos y sacrificios, una transformación interna en un constante rehacerse con incontables horas de lectura con fruición – que para él significa un pleno gozo estético.

En el fondo de las reflexiones que hizo el escritor-docente en voz alta ante colegas, estudiantes y seguidores de sus trabajos, apareció la convicción de que hacer literatura no es un asunto fácil. Es una constante búsqueda por definir un estilo propia que lleva que el artista necesariamente se revise en sus aspectos más íntimos para poder transmitir algo de su propia verdad, de su propia esencia que traduzca una visión original sobre el mundo que se observa, que se vive y sobre el que se escribe.

Recordó los años en España, donde fue a realizar su posgrado con las ínfulas propias de un joven escritor y la manera en que esa experiencia influyó en él, por el conocimiento de una nueva cultura, por reconocer desde afuera su raíz latinoamericana e hispánica y por vivir en soledad y con el extrañamiento propio del extranjero las angustias de crear bajo presión.

Su padre, maestro, sindicalista y aguardientero le enseñó a amar los libros. Como él, fue profesor de literatura por 36 años y le dejó impreso en el corazón que sólo valen la pena dos motores que impulsan la vida: el amor y el conocimiento. En su casa humilde de un sector popular de Cali siempre hubo una buena biblioteca en la que se sumergía desde niño. Relató también el impacto que tuvo para él la forma en que muchos de sus amigos del barrio fueron parte de la juventud de los años ochenta y noventa que se inmoló lanzada al abismo del narcotráfico, como otra generación anterior lo había hecho yéndose al monte en los setenta convencida de la lucha armada como único camino para cambiar al país.

Considera a la Universidad del Valle como su casa, el espacio académico y vital que le dio la oportunidad de realizar el sueño de ser escritor y de enseñar literatura para formar escritores y docentes. No dudó en agradecer a su Alma Máter el haberse formado aquí y después ser docente, teniendo también la oportunidad de estudiar un doctorado en el exterior con el apoyo de la Universidad. No duda en reconocer el talento y las capacidades de quienes, como el profesor Oscar Osorio, se convirtieron en docentes con altísima formación y méritos ampliamente reconocidos. El profesor López fue su alumno y hoy representa el relevo generacional, tan necesario en toda actividad humana y en especial, en la académica.

Fuente: Agencia de Noticias Univalle

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