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Gilberto Cerón: Un universo artístico en la posmodernidad

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Hasta el 1 de julio la Sala Mutis de la Biblioteca Mario Carvajal de la Universidad del Valle albergará la exposición “Andes Profundos. Tumbas para querubines ápteros” de Gilberto Cerón.

Durante la apertura de la exposición, el periodista y crítico de arte Eduardo Márceles Daconte presentó la conferencia Gilberto Cerón: Un universo artístico en la postmodernidad, que nos ilustra sobre la obra de esta artista.

Esta exposición hace parte de la construcción de la Pinacoteca de la Universidad, un proyecto del Departamento de Filosofía, la Vicerrectoría Académica y la División de Bibliotecas.

No deja de asombrar la diversidad de caminos que utiliza Gilberto Cerón para explorar y experimentar en el mundo de las artes visuales. En el amplio espectro de técnicas e intereses temáticos, es posible catalogar sus obras como abstractas, alegóricas, mitológicas o eróticas. En un contexto posmoderno de genuina originalidad, recurre en ocasiones a la historia del arte para sustentar sus argumentos, ya sea apropiándose obras del repertorio clásico o citando, ya sea de manera indirecta o sin sutilezas, corrientes modernistas que pueden remontarse a maestros contemporáneos como Picasso, Willem de Kooning o Francis Bacon, entre otros. En sus diferentes series, llámense La selva imaginaria, Ante el espejo, Tumbas para querubines ápteros, La tangente y la mirada, En el ojo de la cerradura o El edicto de Etreum, y en técnicas tales como pintura, dibujo, fotografía, sin olvidar sus instalaciones y experimentos visuales en los cuales introduce la poesía, ha englobado los innumerables recursos de su fértil imaginación.

Su serie Tumbas para querubines ápteros (sin alas) se desarrolló a partir de una primera pintura de 1977 que recreaba un paisaje abstracto de rojos encendidos y grises pálidos en acrílico y tintas sobre tela. No tardó el artista en explotar el tema pero, en lugar de un paisaje convencional, eligió penetrar el subsuelo en composiciones segmentadas por manchas de colores que semejan estructuras cavernosas, estratos sedimentarios, huellas fosilizadas sobre la roca o fracturas geológicas que remiten a nuestra historia trágica de tumbas para inocentes angelitos a quienes les han mutilado sus alas ya sea como víctimas de una sociedad que les impide acceder a una educación de calidad para un futuro esperanzador o mártires de nuestra legendaria violencia.

Sus obras para El edicto de Etreum (muerte al revés) sobre grandes telas colgantes son, en su mayoría, de carácter abstracto aunque también incluye figuras que representan su visión de un mundo convulso que engendra personajes diabólicos, espectros de estos tiempos sombríos que hemos vivido, así como de fantasmas de una representación urbanaen cuya gestualidad descubrimos las angustias e incertidumbres del ciudadano contemporáneo. El edicto es un mandato o cita con la Muerte, autoridad suprema que rige los destinos de la vida, de la cual nadie escapa.

En estas pinturas y dibujos Cerón alterna los matices rojos y negros como símbolos de sangre y luto, también incluye fotografías de su performance con el cuerpo pintado de blanco, un recurso que recuerda la danza Butohde Japón, la cual enfatiza los aspectos fúnebres y la violencia autoinfligida de sus protagonistas. En ellos alude a los estigmas de Cristo, las heridas púrpuras de un artista-guerrero que denuncia a una sociedad que es todavía incapaz de asimilar el valor social del arte y sus bondades de alimento espiritual.

Para su montaje recurre a una instalación de módulos flotantes en el espacio de formas triangulares, octagonales u otras combinaciones geométricas, que invitan a recorrerlos para disfrutar de sus efectos visuales, así como de los poemas de la escritora Orietta Lozano con títulos que revelan los temas de la exposición, como son El cordero de la muerte, La marcha del deseo y El solar de la pasión, títulos que corresponden a las diferentes etapas de la serie. Por sus características de espontaneidad y fluidez iconográfica, algunas de sus pinturas están emparentadas con el grafiti urbano, una cualidad que se suma a las virtudes de su trabajo artístico.

En su libro, La tangente y la mirada, reúne un conjunto de pinturas que se apropian y recrean el retrato de Gabrielle d´Estrées y su hermana Julienne pintado por un artista anónimo en 1594. En él que observamos a una de ellas pellizcando el pezón de su hermana, un tema exótico que para su fértil imaginación, es motivo de diferentes combinaciones simbólicas. Una de ellas es la dicotomía que se percibe entre Eros y Tánatos, es decir, entre el amor y la muerte, un argumento recurrente en su obra. Hay numerosas alusiones a esqueletos y calaveras con un referente histórico en la obra gráfica del artista mexicano José Guadalupe Posada que aluden a un ritual popular en su país para celebrar el día de los muertos según la tradición azteca.

Pero también el amor en sus diferentes manifestaciones está presente en mujeres sensuales que dialogan con diablos lascivos y ángeles vengadores. Con una multiplicidad de técnicas, texturas y fusiones cromáticas, Cerón se embarca en una travesía iconográfica para actualizar, a su manera, los retratos de las monjas muertas en conventos andinos que se pintaron a través de la época colonial y que también recordó, en una magistral serie de grabados, el maestro Juan Antonio Roda. No escatima el artista las visiones violentas de senos amputados, cabezas cortadas, heridas, cicatrices, cirugías craneales, imágenes carnavalescas y penetraciones vaginales, sin olvidar las serpientes incitadoras de tentaciones y los animales mitológicos a los cuales recurre como un leitmotiv a través de su obra, tal es el caso de San Jorge y el dragón, los sátiros, mitad hombre y mitad cabra conocidos por su desaforado apetito sexual, la Medusa Gorgona con su cabellera de serpientes, monstruo femenino que convertía en piedra a quien la mirara a los ojos, o el Minotauro, figura mitológica de la antigüedad clásica con cuerpo de hombre y cabeza de toro que sacrificaba en el laberinto de Creta a jóvenes griegos como tributo. Ambas criaturas malignas fueron ejecutadas por el héroe Perseo.

En todas las civilizaciones a través de la historia ha existido un interés por las imágenes eróticas. Recordemos los templos eróticos de Khajuraho (India, siglos X-XII) dotados de grupos escultóricos talladas en piedra que reproducen las poses más insólitas para hacer el amor, inspiradas en el Kamasutra, o las tallas en piedra y cerámica de las culturas prehispánicas. Los aborígenes desde México hasta la Patagonia tenían predilección por rendir culto al falo como símbolo de fertilidad y reproducción humana. Una de sus pequeñas esculturas es el ángel de la consolación, un falo de porcelana recubierto con hojilla de oro y resina. También son frecuentes las escenas amorosas en vasijas y ánforas de la antigua Grecia y a través del imperio romano con parejas que disfrutan el acto sexual. En esta línea, quizás con más desparpajo, encontramos en Cerón un interés similar en convocar el erotismo que caracteriza nuestra sociedad contemporánea.

En su serie El ojo de la cerradura es elocuente su intención de evocar el voyerismo que seduce a quienes disfrutan descubrir los secretos que se esconden en cualquier espacio cerrado. En este caso, se trata de las escenas eróticas, la pasión de los besos y las caricias de los amantes que excitan los sentidos del observador. Son en su mayoría medallones, camafeos o prendedores ovalados en porcelana que recuerdan algunas obras del arte renacentista como La última cena de Leonardo da Vinci. Son miniaturas de excelente factura en las que se destaca, sin prejuicios ni falso pudor, la genitalia femenina y masculina, así como la realidad de esos actos sexuales que algunas religiones (de manera especial la iglesia católica), el tabú y la mojigatería tradicional se han encargado de satanizar como si no fueran la esencia para la continuidad de la especie humana.

Es también una iconografía de ángeles con espadas sangrientas, falos erectos, pechos apetitosos, vaginas excitadas, lenguas lujuriosas y bocas libidinosas que disfrutan el acto sexual sin remordimientos en una actitud desacralizadora que resume la mejor tradición de su pintura iconoclasta. De igual modo, introduce figuras infernales en representación del lado oscuro y escabroso de los seres humanos. Cerón es un artista imaginativo que recurre a la fantasía para explorar situaciones humanas que se remontan a una obra clásica como es el Jardín de las delicias de Jerónimo Bosch, pintor holandés del siglo XVI, más conocido como el Bosco, y recordado por sus conceptos religiosos y narrativos donde predominan las imágenes fantásticas de sueños o pesadillas. Sin ser ilustrativo, en sus pinturas y dibujos experimenta de manera recurrente con el humor de situaciones insólitas donde palpita la alegría de vivir.

En su trayectoria artística, Cerón ha demostrado su destreza en todo tipo de técnicas con una temática humanista y, aunque experimenta en la pintura abstracta, es la línea y el color, los relieves, la cerámica y la fotografía, las que seducen su atención. En su trabajo fotográfico incursiona en el autorretrato como recurso para proyectar sensaciones con una gestualidad teatral que alude a situaciones metafóricas de violencia e incertidumbre. Es, en síntesis, un universo artístico que se inscribe en el contexto de la posmodernidad con elementos de exuberante vitalidad para reclamar una posición de privilegio dentro del ámbito cultural de Colombia y el mundo”.

Fuente: Agencia de Noticias Univalle

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