Cuando Carlos Marino Orejuela terminó sus estudios en Ingeniería Química en la Universidad del Valle y se certificó en el extranjero como brewmaster. Ahora es uno de los pocos maestros cerveceros que hay en Colombia.
Tomado de publimetro
El primer recuerdo que tiene Carlos Marino Orejuela asociado a la cerveza data de la década de los noventa, más específicamente de los comerciales de televisión de aquella época.
“Siempre me generó la inquietud de a qué sabía y por qué había esa devoción por la cerveza, eso que llevaba a que la gente tuviera esa bebida como en un lugar especial en sus corazones y en sus vidas”, cuenta.
Desde entonces, la curiosidad estuvo dentro de sí. La misma curiosidad hizo que a los 14 años probara su primera cerveza, una de aquellas Póker de botella achatada y barrigona que había por allá en el 2004. “Antes de que cambiaran el envase”, acota Orejuela. “Porque cuando cambiaron el envase, cambiaron el sabor”.
“Contrario a lo que todo el mundo dice, que sabe feo, para mí esa primera cerveza fue una revelación”. Lo explica de manera simple, pero con un romanticismo que solo los que están verdaderamente enamorados de lo que hacen pueden expresar.
“Era una cuestión equilibrada de aromas, sabores, un universo completo de cosas nuevas, en ese momento, en ese envase. Y aún, después de tanto tiempo, de viajar y de tomar cerveza en todo lado, y de hacer mi propia cerveza, todavía hay muchas que pruebo y sigo sintiendo esa revelación”.
Carlos Marino Orejuela es, a sus 26 años, uno de los pocos maestros cerveceros que hay en Colombia, y de hecho, uno de los poquísimos que hay en Cali.
Desde los 14 años, con un grupo de amigos del colegio, fermentaban vino de uvas y de frutas. Posteriormente, esa pasión por las bebidas fermentadas lo llevó a estudiar Ingeniería Química en la Universidad del Valle.
“Quería aprender sobre las transformaciones. Quería aprender a transformar materias primas en productos valiosos”, cuenta sentado en una silla de madera, a pocos pasos de su planta de producción, en la Cervecería Artesanal Ritual, su negocio.
Las primeras cervezas las hizo ya en la época de la universidad, a los 19 años, con ollas y baldes en su propia casa y un puñado de amigos, también entusiastas de la cerveza. Sin embargo, dice él mismo, eran “intomables”.
“De manera casera, como a los 20 años ya saqué una cerveza tomable. Es decir, era un proceso de aprendizaje y exploración diaria. Y la fórmula era sencilla: si cada día lograba mejorar así fuese un 1%, al final de un año habría mejorado un 365%. En dos años ya tenía mucho más bagaje; leía mucha literatura, aprendiendo sobre la parte teórica, y cuando iba a la práctica empecé a mejorar”, dice Orejuela con una sonrisa orgullosa en su cara.
“Las cervezas son como las horas de vuelo de un piloto. Entre más litros hagás, más tacto vas teniendo y vas aprendiendo cada vez más qué podés lograr y cómo. La cerveza es un fermento divino. Es la transformación completa del agua en algo nutritivo”, relata.
Desde 2013, Orejuela comenzó a vender su cerveza Ritual en el tertuliadero La Colina, donde de a poco se fue ganando un público entre las cervezas de la embotelladora nacional de siempre.
A mediados de 2015 se dedicó al montaje de la planta del local donde hoy funciona la Cervecería Artesanal Ritual, una gran casa del barrio Granada en la que fabrica y vende sus cervezas, en un ambiente de pub con música anglo.
“Este es el modelo clásico de una cervecería. Lo mismo que hay acá es lo que hay en Bavaria, claro está, a menor escala. Acá hay fermentadores, maduradores, una sala de cocción que consta de olla de licor, el macerador y el hervidor, intercambiadores de calor, equipo profesional de frío. Todo. Lo único es que a mí no me gusta filtrar las cervezas. Es una elección, porque mi experiencia me dicta que cuando filtro la cerveza le quito parte del sabor y le estaría quitando magia”, dice Carlos Marino.
La construcción de su cervecería tomó alrededor de cinco meses y para ello fue necesaria una dura inversión en tecnología de punta, con partes fabricadas con especificaciones hechas por él mismo y un amigo suyo, además de piezas importadas de países como Estados Unidos, Canadá y Alemania, de donde también data la cebada con la que fabrica sus cervezas.
La Cervecería Artesanal Ritual tiene capacidad para producir 4800 litros mensuales. Según cuentas de Carlos Marino, algo así como 14400 botellas, con producción a tope. No obstante habitualmente saca unos 3000 litros.
Sus tres productos insignes (cerveza dorada, negra y roja) se consiguen, además de en su pub de Granada y del tertuliadero La Colina, en El Guayabo Bar y en Zaperoco, uno de los templos de la rumba salsera de Cali.
“Ahora apenas es que se está despertando el interés por la cervecería artesanal en Cali. Pero acá es difícil, porque Bavaria tiene un 99% del mercado y todas las cervecerías artesanales compartimos ese 1% del mercado restante. Hablo de BBC, Tres Cordilleras, Apostol, Ritual y el resto”, explica Orejuela.
Sin embargo, él está firme con su convicción. Espera que cada vez más los caleños conozca sus productos y vayan a su pub. Porque realmente Carlos Mario no tiene opción: lo suyo es una pasión que lleva dentro, como si por sus venas corriese ese delicioso fermentado dorado y brillante en vez de sangre. Por eso, día a día se encierra en su planta a hacer lo que más le gusta: convertir agua en esa bebida divina a la que le llamamos cerveza.
Entre dos y cuatro semanas demora el proceso de elaboración de una de las cervezas artesanales que fabrica Orejuela en la Cervecería Artesanal Ritual.
La Cervecería Artesanal Ritual queda ubicada en el norte de Cali, en la Avenida 9N #10N-52. Un vaso de poco menos de medio litro de cerveza cuesta alrededor de $6000.
Fuente: Agencia de Noticias Univalle
