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Con ‘Volver a la tierra’, Ciudad Vaga habla sobre el conflicto

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‘Volver a la tierra’ es un texto periodístico que hace parte de la más reciente edición de la Revista Ciudad Vaga, producto editorial construido en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle, bajo la dirección del docente Kevin Alexis García. En esta revista, dedicada a explorar las posibilidades expresivas que brinda el periodismo literario y el fotorreportaje, participan estudiantes y egresados de la Universidad, así como reporteros invitados de talla nacional e internacional,

Volver a la tierra

Texto por: Eliseth Peña.

Fotografías: Archivo María Deisy Quistial

Nunca olvidaré que todos los relojes no marcan de la misma forma los segundos. Teníamos que entrar faltando un cuarto para las cinco, se haría un solo asalto y sonaría un solo tiro.

Los que se encontraban en la vía Panamericana empezaron disparar y todo se volvió un ‘sancocho’. Se escuchaban disparos por todos lados, pero la hora que marcaba el reloj no era la que se había acordado para el asalto al puesto de policía de Santander de Quilichao. Lo cierto es que nos metimos allá. Llegué al frente del hospital y había dos policías que no sabían si correr o disparar. Estaban asustados y nosotros también. Era nuestro primer combate con el enemigo.

Aunque había participado de entrenamientos, esa ocasión era real. Me sorprendía ver a varias mujeres agarradas dando plomo. Eran las compañeras del comando Ricardo Franco, una disidencia de las FARC liderada por José Fedor Rey, conocido como Javier Delgado. Yo, en cambio, escasamente cargaba una pistola y unas bombas caseras hechas con tubos de PVC. ¿Cómo puede pelear uno contra alguien que tiene un buen fierro mientras uno tiene una bomba de PVC?

Nos dijeron: “Mientras usted no esté seguro, no puede disparar a lo loco, tenemos que ir al objetivo”. Mi labor fue ayudar a pasar bombas, a mirar los heridos, estar pendiente, cuidar que no se nos fueran a meter por detrás.

Para la retirada debíamos escuchar las consignas “¡Manila!, ¡Manila!”. Cuando las escuché, pasó un carrito y me subí. Allí iban dos heridos del Franco. ¡Qué susto! Me monté y un compañero había escuchado mal y pensó que yo, Dalila, estaba herida.

En ese carro íbamos el conductor, un compañero que disparaba por la ventana, yo iba atrás cuidando los heridos y a mi lado iba otro compañero que me dijo: “Présteme ese fierro y coja este. Dispare si nos están disparando, vamos a pasar por el puesto de policía”.

Ahora me río del susto. Me tocaba y me preguntaba “¿será que estoy viva?”. Pensé que solo me había sucedido a mí esa sensación, así que pregunté a uno y otro compañero y todo el mundo decía “¡sí!, ¡sí! me pasó lo mismo, me tocaba y decía ¿estoy vivo?”.

Ese día atravesamos las calles de Santander y nos fuimos a descargar los heridos. Encontramos los carros de huida pinchados y los dueños no estaban. Nadie más sabía manejar. Era 1984 y saber conducir un carro era difícil.

Nos llovió. Caminamos cargados de equipos. Avanzábamos remolcándonos el uno al otro toda la noche. Estábamos con hambre y cansados porque además habíamos hecho nuestros rituales ancestrales de mambeo de hoja de coca con el tewala, el médico tradicional y la toma de “chirincho”, una bebida que ofrecemos a nuestros espíritus. Los rituales nos ayudaron mucho.

Después de todo lo que se vivió en esa toma, estaba asustada. No me sabía orientar, estaba despistada. Todo el mundo estaba cansado, con sueño. Sentados a la orilla del camino nos fuimos acomodando en un montecito. Como a las seis de la mañana pasó el helicóptero.

La toma de Santander tuvo mucha resonancia en los medios en enero de 1984. Con ella se quería mostrar al pueblo colombiano que se estaba creando el movimiento indígena para defender nuestros derechos. La toma fue notable en el país. Se decía que los indígenas ya no estaban solos, que había nacido un movimiento que defendía sus luchas populares. Desde ahí el movimiento empezó a tomar fuerza.

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Fuente: Agencia de Noticias Univalle